Prospero Rufino nunca fue muy adepto al trabajo. De joven se ganó la vida ayudando a su padre en la chacra.
Corrían los tiempos de la revolución, la agricultura era escasa. Se reducía a los pequeños terrenos en los alrededores de las ciudades para su abastecimiento. Los cabildos fijaban los precios del cereal, lo que limitaba las ganancias de los labradores y hacia poco atractiva la actividad.
De su padre heredó algunas vacas y el don de predecir el estado del clima. Era continuamente consultado ya que acertaba con asiduidad cuando se iban a desencadenar tormentas y cuando iba a haber buen tiempo.
El conocimiento de las variaciones climáticas ha sido siempre de suma importancia para el desarrollo de la agricultura, la navegación, las operaciones militares y la vida en general, y Prospero se servía de ello. Su método era bastante simple, asociaba los ciclos de crecida del Río de la Plata mientras se guiaba por el aspecto del cielo, tanto de noche como de día, se pasaba horas observando en soledad, muchas veces dormía y no era molestado ya que creían que estaba en pleno proceso de predicción.
Las tertulias eran reuniones que se hacían a la noche, en las casas de los vecinos.
Era una costumbre muy generalizada, y especialmente entre las familias más notables y acomodadas. Previo a una de ellas, Mercedes, la hija de una familia acomodada fue hasta la humilde morada de Prospero para consultarle por el estado del clima, como gratificación le dio unas monedas, inmediatamente Prospero cayó en la cuestión que a su pronóstico debería adosarle un poco de teatralización y su rédito sería seguro.
Era una costumbre muy generalizada, y especialmente entre las familias más notables y acomodadas. Previo a una de ellas, Mercedes, la hija de una familia acomodada fue hasta la humilde morada de Prospero para consultarle por el estado del clima, como gratificación le dio unas monedas, inmediatamente Prospero cayó en la cuestión que a su pronóstico debería adosarle un poco de teatralización y su rédito sería seguro.
Y así fue, día a día los viajantes, los agricultores, fueron consultándolo a cambio de unas pocas monedas, pero las suficientes para evitar hacer algo que detestaba, trabajar, pero irremediablemente, cuando los alimentos escaseaban tenía que ir a hacer algo de dinero al puerto.
En 1824 llegó a Buenos Aires el primer Transatlántico, el Condesa de Chester, en el venía un excéntrico francés que decía llamarse Jean. Su español era perfecto ya que había vivido muchos años en España, y, debido a su desfachatez, no tardó en hacer buenas migas con Prospero.
En virtud del acontecimiento, los Alcántara, una familia de la más alta alcurnia, dio un agasajo al recién llegado Jean, que se presentaba como un acaudalado comerciante, cuando la cena estaba llegando a su fin, una copiosa tormenta se desató sobre la ciudad, Francisco, el dueño de casa, ofreció hospedar a Jean, pero este se negó ya que contaba con un adminiculo que, a pesar de las creencias populares, todavía era un hallazgo en la ciudad, era nada menos que el quita sol, conocido hoy día como paraguas.
En el momento de abrirlo y hacer frente a la lluvia con él, las muchachas quedaron boquiabiertas, las damas de la alta sociedad se imaginaron deambular por las veredas con el quita sol, y Jean, comerciante de ley, olfateo el negocio al instante.
Finalmente Jean se estableció en la ciudad ya que se dedicaba a comerciar granos, tenia compradores en Europa y los negociaba directamente con los agricultores, si bien había canones para realizar esas transacciones, por esos días, los controles eran vulnerados con mucha facilidad, tanto para el ingreso como para el egreso de la mercadería.
Así fue que a bordo del buque de carga denominado Zoe llegó el cargamento que lo iba hacer millonario, un cajón lleno de quita soles. A lo largo de dos meses solo había podido comercializar dos unidades, y si bien su estadía no era mala, la inversión que había realizado lo había dejado casi sin ahorros, para peor, la primavera de 1825 resulto ser de las menos lluviosas, eso sumado al elevado costo que tenía el producto.
Así fue que se acordó de su amigo Prospero, que seguía alternando sus trabajos en el puerto con los pronósticos climáticos.
Le propuso una comisión por cada quita sol vendido a cambio de hacer un viraje en sus pronósticos, así fue que Prospero comenzó a pronosticar tormentas, lluvias intensas y demás, lo cual motivo el incremento de las ventas de los quita soles con el detrimento de la credibilidad de los dotes de Prospero, por este motivo, Jean le sugirió que los pronósticos debían ser más ambiguos.
Finalmente Jean vendió todos los Quita soles y luego de un par de escaramuzas amatorias decidió buscar nuevos destinos y Prospero sin proponérselo fue pionero en eso de manipular la información con la única finalidad de aumentar su riqueza.
