martes, 4 de diciembre de 2018

Un Viaje En Ilyushin


Capítulo 1 “Sin Destino”

Luego de la “Invasión de Sicilia” en la que el ejército de los Aliados consiguió desembarcar en la “Italia Insular” se produjo el contraataque de la alianza Ítalo-Germana desencadenando la batalla de Gela.
El ataque de pinzas resultó favorable para la defensa del territorio italiano pero a comienzos de la tarde varios cruceros de los invasores bombardearon intensamente las costas obligando a iniciar la retirada de los que infructuosamente intentaron defender la ciudad.
En plena huida fue capturado el soldado Genaro Di Monti, un joven de apenas veinticuatro años de edad, proveniente de la ciudad de Potenza.
Genaro estuvo varios días confinado en una improvisada cárcel hasta que lo subieron a un barco Sin Destino aparente. Sus captores intentaban hacerse entender pero su esfuerzo resultaba estéril, así es como, tras varios días en alta mar el joven llego a Buenos Aires.
Tras alojarse en uno de los típicos conventillos de la Boca, uno de sus primero trabajos fue el de changarín en el puerto. Había enviado varias misivas a su joven esposa para poder avisarle que aún se encontraba con vida. Finalmente, luego de esperar con ansiedad noticias desde su Potenza nata,  la respuesta de Dina llegó, esto llenó de regocijo al joven Genaro quien puso todo su empeño para poder volver a reunirse con su amada esposa.
Genaro trabajó de sol a sombra para tener un lugar en donde poder empezar de nuevo, así fue que se mudó a una vieja casona en el barrio de Barracas. Luego de dos años se produjo el reencuentro con Dina, quien realizó la travesía en el barco “Alcántara” junto a su hermano menor, Antonio,  de solo diez años, escapando a la miseria y las enfermedades que se originaron una vez finalizada la guerra.
Apenas instalados, la pareja tuvo dos hijos, Marta fue la primogénita y Alfredo el segundo, Antonio fue criado como un hijo más y heredó de Genaro el oficio de ebanista. A principios de la década del 50, los Di Marco compraron un terreno en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense y allí con mucho esfuerzo levantaron un pintoresco chalet en donde vivieron hasta el final de sus días.

Capítulo 2 “Antonio”
Con su sonrisa pícara y sus ojos celestes Antonio era un verdadero seductor. Tenía muchas novias pero no se comprometía con ninguna, una inmensa habilidad para realizar su labor de ebanista, pero con casi nula afección al trabajo.
Genaro lo trató siempre como a un hijo, lo ayudo a construir el taller en donde desempeñaba su actividad, un día, de manera muy formal, le pidió permiso para levantar un departamento en el fondo del terreno  ya que tenía planes de casarse, y Genaro lo ayudó no solo en la obra sino también de manera económica, así en menos de un año Antonio se trasladó a su nueva vivienda aunque los planes de boda se esfumaron rápidamente.
A finales de la década del 60 Marta, la primera hija de los Di Marco, contrajo nupcias con Juan Contarino, un vecino que la cortejó desde el mismo momento que la conoció, al poco tiempo nació Eduardo, quien hizo abuelo por primera vez a Genaro. Como el terreno era lo suficientemente ancho, levantaron una casa contigua al chalet que habían construido en Quilmes, la familia se agrandaba y solían pasar los domingos todos juntos.
Marta veía en  Antonio un hermano mayor y le ofreció el padrinazgo de Eduardo, el pequeño niño se la pasaba todo el día con su padrino quien lo llenaba de regalos, satisfacía cuanto capricho tenía el infante. Eduardo le tenía mucho afecto y casi sin querer era cómplice de las aventuras del hermano de Marta, en una oportunidad se llevó al pequeño niño a pasear por la ribera quilmeña cuando Clara, la por entonces novia de Antonio, se quiso sumar este le dijo que quería jugar un poco con su ahijado, pero los planes del casanova eran otros, dejó al pobre niño encerrado en un viejo Siam Di Tella mientras se enredaba en amoríos con una chica que conoció en el tren.
A finales de los setenta, aprovechando la fenomenal tasa de interés que ofrecían los bancos, tomó varios pedidos y realizó un plazo fijo a treinta días, al retirarlo, en lugar de ponerse a trabajar armó las valijas y se volvió a Italia.
Para la familia resultó impactante su partida, más aún cuando los desprevenidos clientes empezaron a desfilar por el chalet de Quilmes para ver el avance de sus pedidos.
Genaro tuvo que hacer frente a gran parte de la deuda que Antonio dejó.

Capítulo 3 “La Despedida”
Luego de trabajar varios años en la empresa de Energía Eléctrica de la Provincia de Buenos Aires, Genaro logró jubilarse por invalidez. La prolongada exposición a productos tóxicos había menguado su capacidad respiratoria. La inactividad terminó de hacer mella en su salud, cada vez hablaba menos y fue paulatinamente perdiendo interés en las cosas que le gustaban hacer.
Había imaginado el final de su vida en la casita que había construido con esfuerzo en Santa Teresita, a metros del mar, pero la humedad reinante empeoraba su delicado estado. Como casi nadie utilizaba la casa en la costa atlántica, previo al verano del 84 decidió venderla. Viajaron los 330 kilómetros que separaban la localidad balnearia de Quilmes con Eduardo, su nieto y Juan, su yerno, Dina prefirió no ir, hermosos momentos habían vivido allí, cerrar esa etapa le dolía demasiado.
Cuando sellaron el acuerdo con el comprador, Genaro le pidió a su nieto que lo acompañe hasta la playa, allí pudo observar como su abuelo permaneció casi una hora descalzo con las olas en su vaivén mojándole los pies, mirando el horizonte, recordando vaya a saber que, los secretos que atesoraba de la cruenta guerra, la muerte de sus amigos, la conciencia y la resignación de saber que se encontraba en el Ocaso de su vida, nunca pudo Eduardo borrar aquel recuerdo.
Una mañana de verano Genaro ya no despertó, y en sus primeros meses de viuda, Dina lloraba por los rincones, extrañaba a su amor de toda la vida, Marta, su hija, viendo que su madre se desmoronaba, trajo consigo una idea para levantarle el ánimo
-          ¿Y si viajas a Potenza?  le propuso en un almuerzo, Dina descartó rotundamente, la idea, pero con el correr de las semanas la empezó a considerar.
Luego de varias excusas y evasivas, el dinero de la casa de Santa Teresita permanecía casi en su totalidad, pero Dina no quería viajar sola, quería que su hija la acompañe, Lucía, su nieta más chica tenía tan solo ocho años, a su vez Juan no quería que las mujeres viajen solas y propuso que las acompañe su hijo.
El costo del viaje se incrementaba demasiado, a pesar de la ayuda de Lucrecia, la Prima de Juan, que trabajaba de azafata en Aerolíneas Argentinas y  conseguía pasajes con mejores precios, una devaluación a mitad del año 1985 estuvo a punto de hacer naufragar el emprendimiento hasta que Lucrecia  vino una tarde con la novedad de una promoción que consiguió por sus contactos en la industria aeronáutica, podía viajar por la Aerolínea Soviética Aeroflot.
A Eduardo no lo seducía de ninguna manera el viaje, perder un mes de vacaciones de verano y menos aún hacerlo con su abuela, su madre y su hermanita, pero Juan, su padre, se puso inflexible y no le quedó más remedio que aceptar.


Capítulo 4 “Potenza”
En las colinas de los Apeninos emerge la bella Potenza, capital de la región italiana conocida como Basilicata. Allí vivió Dina desde que nació, hasta que emigró para reencontrarse con su amor.
Los recuerdos suelen engañarnos escondiendo los pesares, todo lo que la viuda de Genaro añoraba de su ciudad natal la llenaba de felicidad, sus días en “Il Castello” como le decía a la enorme casona que había adquirido su padre en la época de comerciante. Eran seis hermanos, Lucio, el mayor, que murió en la guerra, Dina la segunda y a ella la seguían Pierina, Filomena, Gino y por último Antonio. Luego de su partida a la Argentina permanecieron en contacto mediante misivas, sobre todo con Filomena, así se fueron enterando de los nacimientos, casamientos y demás devenires.
 En  1980 un terremoto destruyó la ciudad aún más que el bombardeo de los aliados en la segunda guerra mundial, esto causó la desesperación de la familia al no recibir noticias desde su ciudad natal, finalmente llegaron las cartas relatando la tristeza por la destrucción generalizada que causó el fenómeno, la casona de los padres se había derrumbado como así también la morada de Filomena, el gobierno había dispuesto la instalación de prefabricadas para poder socorrer tan aciago momento.
Finalmente en 1983, y tras una larga espera, los  Di Marco adquirieron un artículo de lujo para la época, el teléfono. De esta manera, de forma espaciada debido a su costo, pudieron volver a escuchar sus voces al menos por pequeños momentos, se juraron tratar de no llorar, y aprovechar el tiempo para ponerse al día. Cuando Dina comenzó a edificar el sueño de viajar a Italia, notó la alegría  de su hermana quien estaba encantada con la idea, pero cuando finalmente el  viaje dejó de ser una utopía, las comunicaciones se espaciaron y por un momento Dina sospechó que no había voluntad de recibirlos. Finalmente, tras una larga charla, que luego se vio reflejada en la frondosa factura telefónica, las hermanas pudieron subsanar la cuestión, Filomena no tenía demasiado espacio para albergar a los cuatro turistas y se sentía mal por esta situación pero Dina, acostumbrada a la sencillez le garantizó que eso no era un problema. Finalmente, tras superar las diferentes complicaciones que fueron surgiendo, la fecha de partida quedó establecida para el  martes 14 de enero de 1986.

Capítulo 5 “Un Viaje en Ilyushin”
A Eduardo le fascinaban los aviones,  su tío Alberto, el hermano de Juan, tenía una quinta en San Vicente y allí podía disfrutar las aproximaciones de las grandes naves que tenían como destino al aeropuerto Internacional de Ezeiza. Podía distinguir las distintas versiones de los aviones  Boeing, como así también los DC9.
Uno de los pocos incentivos que encontraba el nieto de Dina para la travesía que los llevaría hasta Italia era justamente el volar por primera vez. Cuando se percató de la cantidad de abrigo que albergaban las enormes valijas tuvo conciencia que iba a padecer un clima adverso como jamás había vivido.
Cuatro horas antes de la partida ya estaba la familia en el Aeropuerto de Ezeiza, todo era novedad para los cuatro viajeros, la tensa espera llegó a su fin cuando anunciaron por los altoparlantes el vuelo de Aeroflot con destino a Moscú.
Al subir al avión, Un Ilyushin 62MK, lo primero que los sorprendió fue el acotado espacio que tenía en su interior, Eduardo, que había imaginado varias veces el momento, se sintió defraudado al notar la rusticidad de las terminaciones. Había dos sectores claramente definidos, en la parte trasera viajaban marineros rusos que habían tenido un recambio en la tripulación en el puerto de Buenos Aires, y en la parte delantera turistas, en su mayoría argentinos y latinoamericanos. El despegue fue eterno, el viejo avión carreteo hasta casi el final de la pista y se elevó. Tras una noche larga reabastecieron combustible en Yemen del Sur, país aliado de la Unión Soviética, hasta finalmente llegar a una Moscú cubierta en su totalidad por nieve. Como la escala era de catorce horas, tenían permiso para  realizar una excursión a la plaza Roja, pero la misma resultó infructuosa, el temporal era muy intenso y solo quedaron dos o tres fotografías fuera de foco como recuerdo de aquella experiencia
La excursión llegó a su fin, aterrizando en Roma casi dos días después de la partida, la desesperación de Juan por no tener noticias de su familia hizo que no asistiera al trabajo para quedarse sentado al lado del teléfono, finalmente Marta con voz cansada se comunicó para avisar que habían llegado bien.

Capítulo 6 “Regreso al Hogar”
                El periplo estaba lejos de finalizar tras aterrizar en Roma. Cerca de 350 Kilómetros separaban la tierra natal de Dina con el Aeropuerto Internacional de Fiumicino. Arribaron cerca del mediodía allí los esperaba Franco, el marido de Filomena, si bien se habían enviado postales cartas y fotografías a través del correo, Dina nunca había visto personalmente a Franco. Se dirigieron hasta el vehículo, un viejo Fiat 1600 de color celeste, y se encontraron con la dificultad de hacer entrar todo el equipaje en el pequeño auto.
Todo resultaba novedoso para Marta y sus hijos, pero Eduardo llevaba la peor parte ya que tenía una valija sobre sus pies que apenas le permitía moverse, la emoción de Dina al encontrarse nuevamente en su tierra original mitigaba el enorme cansancio que arrastraba. 
Con el correr de las horas, el clima se hizo más hostil y llegaron a Potenza al anochecer, en el medio de una intensa nevada.
Al ingresar en la morada, Dina y Filomena se abrazaron y lloraron durante varios minutos, la mayor tomo la cara de su hermana con sus dos manos como intentando reconocerla, habían transcurrido más de treinta años.
La casa tenía una habitación y un baño nuevo y, pasillo mediante, emergía una vivienda prefabricada que había sido cedida por el gobierno municipal tras el terremoto de 1980, el matrimonio y su hijo se trasladaron a la precaria vivienda para cederles las comodidades a los viajeros, el más perjudicado en la reubicación fue Eduardo, que terminó compartiendo la habitación con el hijo menor del matrimonio de sus tíos abuelos, el único que todavía no se había casado, Ciro, de unos 24 años.
Sin ninguna transición, los cuatro turistas pasaron de los 35 grados de la húmeda Buenos Aires a los 15 bajo cero de la pintoresca Potenza. Tras recuperar fuerzas luego del extenuante viaje, la estadía se hizo bastante anodina para Marta y sus hijos mientras Dina y su hermana se ponían al corriente.
La nieve había cedido y si bien el clima no era el más amigable, se podía transitar sin problemas por las angostas calles de la ciudad, a pesar de ello nadie se acercó a la casa para ver a los recién llegados. Finalmente, el primer  fin de semana desde el arribo, fueron de visita a la casa del matrimonio de Franco y Filomena  Pierina, la hermana que seguía en edad a Dina y Gino con su esposa, Eduardo esperaba ansioso la llegada de Antonio que no se hizo presente.
Hablaron generalidades, recordaron sus días en que la familia estaba completa y vivían bajo el mismo techo en la enorme Casona de los padres, lloraron las desgracias, las guerras, los terremotos, las pérdidas tempranas, intentaron rearmar el árbol familiar con los cónyuges, hijos y nietos.
Tanto Marta, y en menor medida Eduardo, notaban una carencia total de emoción en aquel encuentro, esta incomodidad fue creciendo con el transcurrir de los días, notaban la recepción forzada y en muchos casos se asemejaba a un mero trámite obligatorio.
El hijo mayor de Marta era quien peor la estaba llevando, no tenía casi dialogo con el primo segundo por las barreras de la edad y del idioma, para peor, el agua era un bien que escaseaba y a pesar de ello, Eduardo se higienizaba cada día, costumbre para nada arraigada en el Hijo menor de Pierina, el hedor que emanaba su cama y su ropa tornaba el ambiente irrespirable. Promediando la estadía Eduardo se entusiasmó al enterarse que por fin su Tío Antonio iba a  visitarlos, más allá de su intempestiva partida, el hijo de Marta guardaba un hermoso recuerdo de él y, por una cuestión de edad, desconocía los pormenores de aquella fuga. Cerca de la hora del Té ingresó a la fría casa Antonio, muy avejentado con respecto a la última vez que lo habían visto, entró caminando lento, con un bastón en su mano derecha, con claros signos de padecer una enfermedad. Dina lo recibió cálidamente, era su hermanito menor, muchas historias acunaban juntos, el viaje en Barco a Buenos Aires, el desarraigo, fue como una madre para él, Marta aún guardaba rencor, conocía perfectamente el mal trago que le había hecho pasar a Genaro y la cantidad de deudas que el había tenido que afrontar. Eduardo observaba minuciosamente la presunta fragilidad de su tío, que desaparecía con el énfasis del relato de alguna anécdota, cenaron juntos y cuando la calma del viento presagiaba una nueva nevada Antonio se despidió prometiendo volver a encontrarse con ellos antes del regreso a Buenos Aires.
Mientras la estadía se transformaba en un verdadero calvario tanto para Marta como para sus hijos a Dina el tiempo se escurría como arena entre los dedos y deseaba fervientemente moverse por aquellos lugares que tanto añoraba, quería ir al cementerio para dejar unas flores en las tumbas de sus padres que estaban enterrados en lápidas contiguas, pero, los cuatro viajeros permanecían casi todo el día solos en la humilde casa. El único divertimento que tenían era ir a la feria de los días sábados en donde podían pasear un poco y caminar por las diminutas calles laberínticas de la ciudad. El paseo duraba varias horas ya que a la compra de cualquier objeto lo precedía un extenuante regateo en el que no faltaban ni gritos ni amenazas de tomarse a golpes de puño.
Norma, la hija mayor de Pierina, guardaba un hermoso recuerdo de Dina, cuando la esposa de Genaro partió rumbo a Buenos Aires junto a Antonio, la entonces niña de 9 años fue a despedirlos al puerto. Varios años después contrajo matrimonio con Roberto, un ingeniero emprendedor y se fueron a vivir a Avellino, una hermosa ciudad que se encontraba noventa kilómetros al norte de Potenza. Ante la creciente impaciencia de su tía, Norma invitó a los cuatro viajeros a pasar unos días en su enorme casona. Aprovechando el buen tiempo realizaron hermosas excursiones a “La Rocca San Felice” que es un pequeño pueblo medieval con las ruinas de un pintoresco Castillo, a pedido de Dina fueron al “Duomo di Avellino” que es una catedral dedicada a la Asunción de la Virgen María y San Modestino de Avellino, disfrutaron del paseo por el centro de la ciudad y fue, por lejos, la mejor experiencia del viaje.
La fecha del regreso a Buenos Aires estaba cada vez más cerca, cosa que emocionaba a Eduardo, sin embargo el mal humor de su abuela iba en aumento
-          No puede ser, todavía no pude ir al cementerio a ver a mis padres, rezongaba Dina ante la mirada resignada de su hija y sus nietos
-         Recordás donde estaba situado, le preguntó Eduardo
-         Eran solo 300 metros desde la Catedral de San Gerardo, pero desde aquí no se cómo llegar
-        Pero mamá, interrumpió Marta, la Catedral de San Gerardo es la que visitamos la semana pasada y solo está a 600 metros de acá
-        Yo te acompaño abuela, dijo decidido Eduardo y partieron hacia el cementerio.
A pesar de la edad, Dina se encontraba en perfecta forma, cuando llegaron a la Catedral de San Genaro, inmediatamente recordó el camino que, si bien era bastante empinado, lo transitaron sin inconvenientes. Al llegar al cementerio, no tardaron demasiado en encontrar las lápidas que buscaban, Dina conocía perfectamente el camino ya que era el ritual de cada domingo ir a visitar a su padre, cuando la esposa de Genaro partió hacia Buenos Aires, Aída, su madre, aún permanecía con vida. Al llegar a destino, Eduardo pudo presenciar la conmoción de su abuela, acarició tiernamente la tumba de su padre, y se emocionó al acercarse a la de su madre, se quedó varios minutos en silencio, como susurrándole cosas, el frío comenzaba a hacerse cada vez más intenso, entonces Dina miró a su nieto y le pidió ayuda para levantarse.
Emprendieron el regreso pero Dina propuso realizar otra ruta, comenzó a recordar lugares que le resultaban familiares, descubrió el viejo almacén en el que compraban provisiones, le señaló a su nieto la casa en donde vivían los padres de Genaro, Eduardo la sostenía con el brazo, tenía miedo que alguna baldosa floja le jugara una mala pasada. De pronto Dina frenó de manera brusca, su nieto solo atinó a preguntarle si se sentía bien, pero solo pudo percibir como su abuela se aferraba a una reja de color negro, alterado, Eduardo insistió en su pregunta, pero Dina aferrada a la reja rompió en llanto, definitivamente asustado por la salud de su abuela Eduardo comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero Dina lo paró en seco con un insulto
-        Sto Bene Pelotudo, le gritó en italiano
-        Pero qué te pasa abuela, preguntó Eduardo exaltado mientras Dina no paraba de insultar
-        Il Castello figlio di puttana, Il Castello, gritaba Dina, abrió la reja que no tenía seguro y comenzó frenéticamente a golpear la puerta de entrada.
Un pintor abrió la puerta sorprendido y Dina comenzó a insultarlo en italiano, Eduardo miraba la escena perplejo sin entender que sucedía, en eso Dina volvió hacia él y le dijo
-        Todos me mintieron, me dijeron que el terremoto había derrumbado la casa.
Los días posteriores a la revelación fueron muy controvertidos,  discusiones interminables, gritos, llantos, Dina acusó a su hermano menor de ser el responsable de la mentira, un poco para tratar de no sentir rencor hacia los otros hermanos, firmó un poder de dudosa rigurosidad legal cediendo todos los derechos a su hermana Filomena.
Al volver a Buenos Aires, nunca más volvió a ponerse en contacto con sus hermanos.