martes, 24 de septiembre de 2024

La Trampa de La Lógica del Escorpión

 

Mentira, no hay trampa.
El día de la primavera, a mi tío más joven, le festejaron de manera sorpresiva, su cumpleaños número setenta. En épocas en que las ausencias, de manera paradójica, ocupan un lugar preponderante, nos permitimos emocionarnos, abrazarnos, recordar y, por supuesto, festejar.
Lejos quedaron las fiestas maratónicas, los bailes de la escoba, las multitudes en donde las sillas nunca eran suficientes, pero hoy somos los que estamos y, a pesar del paso del tiempo, nos permitimos salir de nuestra burbuja y compartir un momento.
Cuando supe que Charly editaba un nuevo álbum, recordé la emoción que me embargaba allá lejos en las vísperas del nacimiento de cada una de sus obras.
Los años 80 de García fueron un gol de Maradona a los ingleses cada año, “Yendo de la Cama al Living”, “Clics Modernos”, “Piano Bar”, “Parte de la Religión”, “Como Conseguir Chicas”, “Filosofía Barata y Zapatos de Goma”, en el medio, una joya junto a Pedro Aznar, “Tango”.
Cuando comenzaron los 90, nuestro líder carismático (como le gusta decirle a Samalea) podría haberse quedado en su trono, pero no, siguió siendo una estrella de rock, asistimos absortos a su transformación, dejamos de ser su fan para convertirnos en aliados, ese sonido prolijo y perfecto al que nos tenía acostumbrados mutó en grabaciones sobre grabaciones, el tan mentado “Constant Concept”.
De esa era turbulenta salió una verdadera gema conocida como “La Hija de la Lágrima”, luego el famoso “Say No More”, álbum que reemplazo a Charly, los jóvenes de los 90 (los jóvenes de ayer) se empezaron a referir a nuestro héroe nacional con el nombre de su octavo disco.
A título personal, esa era de Charly me resultó tortuosa, se ha escrito mucho al respecto, libros como los de Sergio Marchi “No Digas Nada” los 3 de Fernando Samalea (por suerte hay un cuarto en camino) los de Roque Di Pietro “Esta Noche toca Charly”, se acercan con bastante precisión a ese momento del artista. Mi mero aporte es un recital en el Teatro Opera en la presentación de “Say No More” recital que no terminó, y me retiré llorando, porque tenía miedo por la salud de nuestro ícono, pero luego entendí que Charly siempre vuelve.
Vinieron muchos álbumes más, particularmente a mi me gustó mucho “Influencia”, y en cada uno se percibe el genio de Garcia, no de manera exuberante como en los 80, tampoco se preocupó demasiado en mostrar algo que no es.
El Charly de hoy es este, con la llegada de la IA podría haber producido la voz del García que quisiese, sin embargo canta con la voz que tiene, algún purista dirá que esta retocada, por eso detesto a los puristas, pero siempre nos conecta de alguna manera a su genio, a los que fue, a lo que es, a lo que será, grabó un disco porque quiso hacerlo, no se queda “Mirando las nuevas olas” cuando ya es parte del mar, elige arriesgar, elige el sonido de la época de “Say No More” nos regala gemas como “Yo ya se”, nos conmueve con “La pelicana y el Androide” en donde podemos volver a escuchar a Luis, nos demuestra que sigue sintonizando como nadie la Antena de nuestro controvertido país cuando reedita “Juan Represión”. Es demasiado lo que nos ha dado Charly, demasiado, nunca me alcanzará la vida para agradecerle tanto.

martes, 26 de octubre de 2021

Una Noche con Charly García.

 

Tenía nada más que catorce años, mañana de reyes, otro tiempo.

Como regalo recibí lo esperado, el disco de García “Clics Modernos”  y la entrada para ver el concierto que iba a dar Charly esa misma noche en el viejo estadio de Quilmes.

Nunca había asistido a un recital, pero me sabía de memoria el concierto que había dado Charly en Ferro a finales del 82, lo había grabado en directo de la radio. Mi fanatismo por García ya tenía varios años, desde que escuché en la habitación de mi prima un cassete amarillo con grandes éxitos de Sui Generis, todavía recuerdo la conmoción que me generó descubrir esa música a tan temprana edad, pero no se trata de mí, no soy nada original al demostrar la pasión que tengo por García.

La entrada del concierto del 6 de enero de 1984 es la que se ve en la imagen,  ya que mi primo Javier tuvo la delicadeza de conservarla.

Partimos con (creo) dos de mis primos rumbo al estadio, con muchísima antelación, iba a ser un hecho realmente emocionante y no queríamos perder detalle, pero el clima parecía que iba a arruinarlo todo, una típica tormenta tropical se desató minutos antes de ingresar al estadio, obligando a los organizadores a suspender el show, a pesar del fervor que había en los aledaños y que la lluvia había cesado.

No era época de celulares ni de redes sociales, pero finalmente tuvimos la certeza que el concierto se haría al día siguiente, a pesar de eso, un nutrido grupo se quedó aguardando al ídolo sobre la calle Sarmiento,  que es donde se ingresaba a la platea y a los vestuarios del pintoresco estadio.

Cuando estábamos a punto de emprender el regreso a nuestros hogares, a mi primo Gabriel se le ocurrió intentar entrar a la cancha por la esquina de la popular, Gabriel era jugador de inferiores de Quilmes y conocía todos los recovecos de la cancha, así fue que nos dirigimos sigilosamente a la esquina de Solis y Sarmiento, en ese momento estaban descargando las gaseosas, caminamos entre los que estaban desarrollando esta labor y terminamos en la popular desierta, una vez allí notamos que la puerta de acceso al campo de juego estaba abierta, sin dudarlo entramos.

A partir de ese momento todo transcurrió como en un sueño, de la trastienda de los shows en esa época no se conocía nada, y ver a todos los músicos era realmente emocionante, pude ver a un muy jovencito Fito Paez, reconocí a Willy Iturri, ya que lo había visto en el video que realizaron para “No me Dejan Salir”, había una torre de luz encendida y gente que, supongo era del club, la quería apagar, pero los músicos y asistentes querían jugar al futbol, el diferendo se solucionó como se solucionan estas cosas, intervino Daniel Grinbank, que estaba con un pantalón corto celeste de los que se usaban para jugar al tenis y puso unos billetes en manos de los ansiosos dirigentes.

En un momento logré identificar a Fabiana Cantilo, que estaba con una pollera de jean y ojotas hasta que mi primo Marcelo me empezó a tironear de la manga desesperado, estaba parado exactamente al lado de, como dice Samalea, “El Líder Carismático”. A Charly solo lo había visto en fotos o en la TV, pero jamás en vivo, me sorprendió su altura, desconocía este atributo, a partir de allí no nos despegamos más de él, nos metimos en el túnel, entramos a la zona de vestuarios, yo lo recuerdo todo vestido de blanco, pero no sé si los recuerdos me engañan ya que con ese atuendo dio el concierto al día siguiente.

Al caer en la cuestión que estaba a punto de retirarse nos pusimos insoportables, pero en todo momento nos trató con mucho cariño que recuerdo aún hoy, éramos pibes, en su momento uno de mis primos le pidió un autógrafo y, como no tenía papel a mano le ofreció su documento de identidad, cosa que a Charly le produjo mucha gracia y lo comento entre risas con sus asistentes.

Finalmente se retiró entre los gritos de la gente que aún aguardaba su salida y algún que otro contrariado por la postergación del recital.

El sábado, aún incrédulos por lo que habíamos vivido la noche anterior, nuevamente partimos temprano hacia el estadio, al cruzar la vía, a la altura en donde hoy se encuentra el cuartel de bomberos, desde un Ford Falcon negro desvencijado, se asomó Charly a saludar a todos los que íbamos rumbo al concierto.

Ese sábado 7 de enero de 1984 fue la primera vez que vi un recital de Charly, no tengo idea de cuantos vi, en distintas épocas, y diferentes situaciones, pero nunca más volví a hablar con él ni a estar tan cerca como aquella noche, lo que persiste es el amor y la admiración que le tengo. Chau loco, este tema termina en Fade Out.

 

 


viernes, 2 de abril de 2021

Alaska

A Pedro le fascinaba la vida en contacto con la naturaleza, quizás porque en ella encontraba los vestigios de los recuerdos de su padre.

Desde chico se acostumbró a estar solo, hijo único, criado por su madre quien pasaba la mayor parte del tiempo trabajando.

Una noche vió la película “Into de Wild” basada en la vida de Chris McCandless, un joven graduado que vendió sus pertenencias y se fue a vivir a Alaska, y comenzó a soñar con un viaje sin fecha de retorno.

Trabajó durante años, cuando logró acumular los ahorros necesarios para la aventura de su vida puso fin a su vínculo laboral.

Promediando el verano tomo un vuelo rumbo al sur, para recalar en El Bolsón. Solo llevaba consigo un equipo de supervivencia.

Pasó unos días en el Refugio del cerro “Piltriquitrón” contemplando la privilegiada vista que otorgaba el lugar. Volviendo al pueblo pasó por un vivero, cuyos dueños eran un matrimonio que, hastiados del frenesí de Buenos Aires, se habían instalado en el sur.

Conversaron animadamente y lo invitaron a almorzar en la cabaña que estaba en el medio del predio,  pasando un estanque artificial en el que se podían visualizar enormes carpas coloridas, “Son como mascotas” bromeó Mario,  mientras su esposa presurosa preparaba el almuerzo.

 

Pedro compartió con sus nuevos amigos el plan que pensaba llevar a cabo, partir desde el sur para llegar a Machu Picchu. 

-         Quiero perder la noción del tiempo,  quiero sentir, dijo antes de despedirse. 

Mario le ofreció un obsequio.

-         Son Hongos naturales propicios para sentir,  comentó con picardía.

Camino a “Cabeza de Indio”, una reserva que en su mayor parte está cubierta por Cipreses,  Pedro encontró el mejor lugar para acampar.

Pasaron varios días pero no lograba saciar su necesidad de “Sentir” así fue como una noche probó uno de los hongos que le habían obsequiado. Como no percibió efecto alguno los mezclo en un guiso improvisado. Durmió un día entero, pero un malestar estomacal intenso lo perturbó, para peor, el frío otoñal hizo mella en su ánimo al notar que no estaba lo suficientemente pertrechado para hacerle frente a  las bajas temperaturas. Si bien el disparador del viaje había sido la experiencia de Chris McCandless la idea no era terminar como él (*).

Asustado decidió dirigirse al Hospital, se sentía débil, pero no consiguió traslado, la ruta estaba vacía.

- ¿Será feriado?  pensó, 

Encendió el celular y pudo notar que tenía una infinidad de mensajes, era  7 de abril.

Luego de caminar durante horas, llegó al hospital regional, fue atendido por un médico que lo revisó mientras escuchaba el relato sin pausas de Pedro que culpaba a los hongos por su indisposición

-         Doctor,  estoy alucinando, la poca gente que vi se encontraba con barbijos como en una película distópica

-         Pedro, interrumpió el médico,  tengo dos noticias para darte,  la buena es que solo tenés gastroenteritis, la mala es que estamos en pandemia.

 

(*)Murió al ingerir unas semillas tóxicas.

martes, 5 de mayo de 2020

Pasajero Frecuente


La rutina nos hace transitar por senderos conocidos. Tomar casi siempre las mismas calles para dirigirnos al trabajo o realizar rituales similares a la hora de prepararnos para realizar alguna actividad nos otorga un halo de seguridad.
Luego de una jornada laboral agobiante, Damián se dirigía a su antiguo domicilio cuando cayó en la cuestión que hacía pocos días, empujado por el aumento desmedido de los costos de los servicios, se había visto obligado a pedir refugio en la morada de sus padres.
Apuró el paso para llegar cuanto antes a la terminal de Ómnibus de Puerto Madero para intentar  viajar cómodamente desde Buenos Aires a Quilmes, pero su intento resultó infructuoso, la fila para acceder al colectivo era demasiado extensa  y prefirió realizar el trayecto de una hora de pie.
Con casi 33 años solo había tenido un empleo, una Consultora en Desarrollo de Software a la que había ingresado como pasante ni bien egreso de la Universidad Tecnológica Nacional. Propuestas laborales tenía constantemente, pero cada vez que estaba a punto de concretar un cambio, su estado de confort y el temor a un nuevo desafío lo hacían desistir del intento.
Todo era diferente ahora, tener que dejar el departamento había hecho mella en su estado de ánimo, consideraba que era un retroceso volver a vivir con sus padres, de todas formas no todo era negativo, estaba cerca de sus seres queridos, de los amigos de la infancia, se sentía mimado por su madre que le preparaba de cena sus platos favoritos lo suficientemente abundantes como para poder armar una vianda y llevarla al trabajo.
Aprovechando la libertad de ser prácticamente un huésped de honor, a media mañana del sábado caminó las casi tres cuadras que separaban su nueva vieja casa de la de sus tíos, ambos jubilados. Acostumbrados a pasar gran parte del día añorando un pasado lejano la visita de su sobrino los llenaba de gozo.  Se desparramó en un enorme sillón de dos cuerpos en el impoluto living de la inmensa casona mientras les relataba las vicisitudes de su regreso a Quilmes, cuando la conversación iba virando hacia los lógicos achaques de la edad de sus tíos, hábilmente Damián cambiaba de tema para hacerlos hablar de los innumerables viajes realizados en otros tiempos por todo el país y el mundo.  
-          Que hermosa foto esa, ¿es el lago Nahuel Huapi?, preguntó Damián refiriéndose a una foto en la que el matrimonio posa dando la espalda a un lago en un pequeño mirador plagado de turistas
-          No Dami, dijo cariñosamente su tía, ese es el lago Mascardi, te acordas Juan lo que fue esa excursión, le preguntó animadamente a su marido
Entre anécdotas de viaje matizados con comentarios de la actualidad se hizo la hora del almuerzo, la charla se interrumpió por el llamado de su madre confirmando que el almuerzo estaba listo.
-          Volví a la adolescencia, dijo Damián entre risas antes de despedirse.
En la semana pasaba la mayor parte del día fuera de su casa, llegaba cerca de la hora de la cena que compartía gustoso con sus padres, luego se dirigía a su cuarto, en donde sobresalía una inmensa TV, al lado de su cama de una plaza se encontraba un pequeño escritorio con su computadora, los demás electrodomésticos y muebles que decoraban el mono ambiente abandonado se encontraban arrumbados en el galpón. Con el correr de los días, la bronca por su nueva situación fue mermando, novia, no tenía desde hacía ya bastante tiempo, no se encontraba acuciado por la situación económica y los fines de semana veía a su grupo de amigos en Quilmes.
Los días jueves Damián cursaba un posgrado en la universidad y regresaba a su casa cerca de las 23, el viaje de Buenos Aires a Quilmes se le hacía eterno, esta era la única situación que comprometía su estado de ánimo, durante el trayecto se le hacía difícil mirar la pantalla del teléfono celular ya que esta situación le producía vértigo, entonces prefería escuchar música para pasar el momento, pero su principal entretenimiento era observar patrones, rutinas y memorizar quienes subían y bajaban en determinadas paradas.
A pesar de su marcada introversión, Damián había encontrado en las plataformas digitales un buen método para relacionarse con el sexo opuesto, pero nadie ocupaba su atención lo suficiente como para establecer una relación duradera.
Una noche demasiado fría estaba a punto de emprender el retorno a su casa despatarrado en el asiento del colectivo cuando divisó que una chica se aproximaba corriendo, el chofer puso en marcha el ómnibus pero Damián lo alertó de la situación, al subir la joven le agradeció al trabajador quien de manera cómplice dijo mirando por el espejo a Damián
-          Agradecele a él que fue quien te vió.
La chica extendió su agradecimiento y eligió a su gusto un asiento del lado de la ventanilla del colectivo que se encontraba semivacío. Damián se quedó observándola ya que se encontraba a su derecha unos asientos adelante, le resultaba conocida su cara pero no podía develar porque, el enigma se resolvió rápidamente cuando, a punto de llegar a destino, la chica en cuestión se puso de pie y descendió del vehículo solo dos cuadras antes  de la parada de Damián. Mientras el colectivo doblaba hacia la avenida 12 de Octubre, pudo ver como se alejaba caminando por la calle Urquiza en la misma dirección hacia donde se encontraba su casa.
A la mañana siguiente el que corrió para llegar a tomar el ómnibus de las 7 y 10 fue Damián, esta vez el colectivo venía lleno y mientras intentaba hacerse lugar hacia el fondo del mismo pudo notar que la misma chica que había visto solo unas horas antes subía en la parada siguiente, la miró con insistencia pero no logro cruzar la mirada ya que ella solo tenía ojos para su moderno celular, recién notó su presencia cuando  llegaron a la terminal de Puerto Madero en donde esbozó un saludo con una sonrisa que a Damián le gustó demasiado.
En lo sucesivo  compartieron viajes pero la excesiva timidez de Damián, transformó la relación en solo un saludo, ni siquiera conocía el nombre de su compañera de rutina, pero se propuso conocerla para al menos, establecer un dialogo, el problema era que siempre su introversión encontraba alguna excusa para posponerlo “Es mejor hablar con ella un jueves que viene poca gente, capaz que me animo y la acompaño hasta la casa” pensaba, pero cuando por fin se decidía a hacerlo no cruzaban sus caminos, y a la siguiente un vendedor ambulante se interponía en su intento  “Esto me pasa por buscar relaciones a través de aplicaciones” se reprochaba. Algunas noches de jueves apuraba el paso para poder verificar en las bocacalles si llegaba a visualizar donde se detenía, como si esto modificara algo, una vez creyó verla girar a la altura de la casa de sus tío. De todas formas más allá de las coincidencias de horarios, a Damián le resultaba familiar el rostro de su amiga sin nombre, pero esta situación, lejos de convertirse en una obsesión, solo se actualizaba en los extensos viajes, aunque siempre ansiaba verla y lo que más lo alentaba era que no había indicios que la chica estuviese en algún tipo de relación.
Un jueves por la noche luego de amenazar durante todo el día, se desató una enorme tormenta eléctrica, los vidrios del colectivo se encontraban tan empañados que apenas se podía divisar el exterior salvo cuando los relámpagos iluminaban por instantes la noche, el mal clima podría haber sido otra oportunidad para acercarse a su vecina, pero el intenso viento hacía que el ómnibus se bamboleara por la autopista y a esta altura, la única preocupación de los pasajeros era que la intensa lluvia cese al momento de bajarse del vehículo. A la altura de la ciudad de Bernal lo actividad eléctrica persistía en el cielo pero la lluvia había menguado considerablemente, las calles se encontraban anegadas y varias ramas de árboles caídas denotaban el paso del fenómeno por el lugar. Cuando llego el momento de bajar del colectivo, ya no llovía, Damián se dirigía raudamente a su casa aprovechando la tregua que la tormenta le otorgaba pero al cruzar la bocacalle de la avenida San Mauro unos gritos de mujer alteraron su andar, el escenario era tenebroso, viento, relámpagos y una situación de peligro inesperada se interpusieron en su camino, rápidamente Damián alteró su ruta y se dirigió a socorrer a la víctima, al encontrarse con ella cayó en la cuestión que era la chica sin nombre, su compañera de viaje, trató de calmarla pero ninguna palabra lograba el efecto deseado, finalmente la abrazó mientras ella temblaba del miedo, había sido víctima de un intento de robo, como no había manera de serenarla se dio cuenta que estaba a escasos metros de la casa de sus tíos, y se dirigió allí.
Una vez que se encontraron fuera de peligro dentro de la casa, la chica de los viajes por fin tenía nombre, se llamaba Florencia.
Víctima de los nervios, Florencia no paraba de hablar, la situación traumática que había vivido, afortunadamente no le había traído consecuencias, rápidamente se comunicó con su madre para comentarle que estaba demorada, no quería preocuparla. El tío de Damián se ofreció a llevarla a la casa
-          Me acompañas? Le dijo a su sobrino con una mirada pícara
Mientras se dirigían al garaje, Florencia detuvo  su andar en el living y se quedó mirando una foto  
-          Ese es el lago Mascardi, la chica que está con campera roja soy yo.

martes, 3 de septiembre de 2019

Dimensiones


Elijo creer que estas en otra dimensión.
Elijo creer que de alguna manera me lo harás saber.
Mientras tanto, luego de setenta días, escribo estas líneas, con la efímera esperanza que mi mensaje navegue por ríos binarios y de alguna manera llegue a destino.
Debo reconocer que me has otorgado muchas herramientas, pero no logro escaparle al estupor que invadió mi alma por tu partida intempestiva.
De tu entorno poco puedo decirte, aunque imaginarás  que explicaciones busqué, nunca me iba a dar por satisfecho con ese mensaje frío y doloroso como una navaja afilada que recibí aquella mañana gris de otoño. Así pude confirmar que no existían inconsistencias, habías viajado, y solo pude observar un escueto y formal Texto en donde se condolecían por tu futura ausencia.
Ignoro que camino habrán tomado tus otros adeptos ni que porción de su memoria habrán reservado para recordarte, espero que estén en movimiento.
Por mi parte no hay nada que sea imprescindible mencionar, sigo inmerso en ese limbo que tantas veces describí sin ahorrar palabras, cuanto mas acogedor parece mas peligroso se torna, no lo olvidé.
De ahora en mas me mantendré receptivo esperando señales, intentando no confundirme con trampas generadas por mi subconsciente, porque, como dije anteriormente, elijo creer que estas en otra dimensión.

martes, 4 de diciembre de 2018

Un Viaje En Ilyushin


Capítulo 1 “Sin Destino”

Luego de la “Invasión de Sicilia” en la que el ejército de los Aliados consiguió desembarcar en la “Italia Insular” se produjo el contraataque de la alianza Ítalo-Germana desencadenando la batalla de Gela.
El ataque de pinzas resultó favorable para la defensa del territorio italiano pero a comienzos de la tarde varios cruceros de los invasores bombardearon intensamente las costas obligando a iniciar la retirada de los que infructuosamente intentaron defender la ciudad.
En plena huida fue capturado el soldado Genaro Di Monti, un joven de apenas veinticuatro años de edad, proveniente de la ciudad de Potenza.
Genaro estuvo varios días confinado en una improvisada cárcel hasta que lo subieron a un barco Sin Destino aparente. Sus captores intentaban hacerse entender pero su esfuerzo resultaba estéril, así es como, tras varios días en alta mar el joven llego a Buenos Aires.
Tras alojarse en uno de los típicos conventillos de la Boca, uno de sus primero trabajos fue el de changarín en el puerto. Había enviado varias misivas a su joven esposa para poder avisarle que aún se encontraba con vida. Finalmente, luego de esperar con ansiedad noticias desde su Potenza nata,  la respuesta de Dina llegó, esto llenó de regocijo al joven Genaro quien puso todo su empeño para poder volver a reunirse con su amada esposa.
Genaro trabajó de sol a sombra para tener un lugar en donde poder empezar de nuevo, así fue que se mudó a una vieja casona en el barrio de Barracas. Luego de dos años se produjo el reencuentro con Dina, quien realizó la travesía en el barco “Alcántara” junto a su hermano menor, Antonio,  de solo diez años, escapando a la miseria y las enfermedades que se originaron una vez finalizada la guerra.
Apenas instalados, la pareja tuvo dos hijos, Marta fue la primogénita y Alfredo el segundo, Antonio fue criado como un hijo más y heredó de Genaro el oficio de ebanista. A principios de la década del 50, los Di Marco compraron un terreno en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense y allí con mucho esfuerzo levantaron un pintoresco chalet en donde vivieron hasta el final de sus días.

Capítulo 2 “Antonio”
Con su sonrisa pícara y sus ojos celestes Antonio era un verdadero seductor. Tenía muchas novias pero no se comprometía con ninguna, una inmensa habilidad para realizar su labor de ebanista, pero con casi nula afección al trabajo.
Genaro lo trató siempre como a un hijo, lo ayudo a construir el taller en donde desempeñaba su actividad, un día, de manera muy formal, le pidió permiso para levantar un departamento en el fondo del terreno  ya que tenía planes de casarse, y Genaro lo ayudó no solo en la obra sino también de manera económica, así en menos de un año Antonio se trasladó a su nueva vivienda aunque los planes de boda se esfumaron rápidamente.
A finales de la década del 60 Marta, la primera hija de los Di Marco, contrajo nupcias con Juan Contarino, un vecino que la cortejó desde el mismo momento que la conoció, al poco tiempo nació Eduardo, quien hizo abuelo por primera vez a Genaro. Como el terreno era lo suficientemente ancho, levantaron una casa contigua al chalet que habían construido en Quilmes, la familia se agrandaba y solían pasar los domingos todos juntos.
Marta veía en  Antonio un hermano mayor y le ofreció el padrinazgo de Eduardo, el pequeño niño se la pasaba todo el día con su padrino quien lo llenaba de regalos, satisfacía cuanto capricho tenía el infante. Eduardo le tenía mucho afecto y casi sin querer era cómplice de las aventuras del hermano de Marta, en una oportunidad se llevó al pequeño niño a pasear por la ribera quilmeña cuando Clara, la por entonces novia de Antonio, se quiso sumar este le dijo que quería jugar un poco con su ahijado, pero los planes del casanova eran otros, dejó al pobre niño encerrado en un viejo Siam Di Tella mientras se enredaba en amoríos con una chica que conoció en el tren.
A finales de los setenta, aprovechando la fenomenal tasa de interés que ofrecían los bancos, tomó varios pedidos y realizó un plazo fijo a treinta días, al retirarlo, en lugar de ponerse a trabajar armó las valijas y se volvió a Italia.
Para la familia resultó impactante su partida, más aún cuando los desprevenidos clientes empezaron a desfilar por el chalet de Quilmes para ver el avance de sus pedidos.
Genaro tuvo que hacer frente a gran parte de la deuda que Antonio dejó.

Capítulo 3 “La Despedida”
Luego de trabajar varios años en la empresa de Energía Eléctrica de la Provincia de Buenos Aires, Genaro logró jubilarse por invalidez. La prolongada exposición a productos tóxicos había menguado su capacidad respiratoria. La inactividad terminó de hacer mella en su salud, cada vez hablaba menos y fue paulatinamente perdiendo interés en las cosas que le gustaban hacer.
Había imaginado el final de su vida en la casita que había construido con esfuerzo en Santa Teresita, a metros del mar, pero la humedad reinante empeoraba su delicado estado. Como casi nadie utilizaba la casa en la costa atlántica, previo al verano del 84 decidió venderla. Viajaron los 330 kilómetros que separaban la localidad balnearia de Quilmes con Eduardo, su nieto y Juan, su yerno, Dina prefirió no ir, hermosos momentos habían vivido allí, cerrar esa etapa le dolía demasiado.
Cuando sellaron el acuerdo con el comprador, Genaro le pidió a su nieto que lo acompañe hasta la playa, allí pudo observar como su abuelo permaneció casi una hora descalzo con las olas en su vaivén mojándole los pies, mirando el horizonte, recordando vaya a saber que, los secretos que atesoraba de la cruenta guerra, la muerte de sus amigos, la conciencia y la resignación de saber que se encontraba en el Ocaso de su vida, nunca pudo Eduardo borrar aquel recuerdo.
Una mañana de verano Genaro ya no despertó, y en sus primeros meses de viuda, Dina lloraba por los rincones, extrañaba a su amor de toda la vida, Marta, su hija, viendo que su madre se desmoronaba, trajo consigo una idea para levantarle el ánimo
-          ¿Y si viajas a Potenza?  le propuso en un almuerzo, Dina descartó rotundamente, la idea, pero con el correr de las semanas la empezó a considerar.
Luego de varias excusas y evasivas, el dinero de la casa de Santa Teresita permanecía casi en su totalidad, pero Dina no quería viajar sola, quería que su hija la acompañe, Lucía, su nieta más chica tenía tan solo ocho años, a su vez Juan no quería que las mujeres viajen solas y propuso que las acompañe su hijo.
El costo del viaje se incrementaba demasiado, a pesar de la ayuda de Lucrecia, la Prima de Juan, que trabajaba de azafata en Aerolíneas Argentinas y  conseguía pasajes con mejores precios, una devaluación a mitad del año 1985 estuvo a punto de hacer naufragar el emprendimiento hasta que Lucrecia  vino una tarde con la novedad de una promoción que consiguió por sus contactos en la industria aeronáutica, podía viajar por la Aerolínea Soviética Aeroflot.
A Eduardo no lo seducía de ninguna manera el viaje, perder un mes de vacaciones de verano y menos aún hacerlo con su abuela, su madre y su hermanita, pero Juan, su padre, se puso inflexible y no le quedó más remedio que aceptar.


Capítulo 4 “Potenza”
En las colinas de los Apeninos emerge la bella Potenza, capital de la región italiana conocida como Basilicata. Allí vivió Dina desde que nació, hasta que emigró para reencontrarse con su amor.
Los recuerdos suelen engañarnos escondiendo los pesares, todo lo que la viuda de Genaro añoraba de su ciudad natal la llenaba de felicidad, sus días en “Il Castello” como le decía a la enorme casona que había adquirido su padre en la época de comerciante. Eran seis hermanos, Lucio, el mayor, que murió en la guerra, Dina la segunda y a ella la seguían Pierina, Filomena, Gino y por último Antonio. Luego de su partida a la Argentina permanecieron en contacto mediante misivas, sobre todo con Filomena, así se fueron enterando de los nacimientos, casamientos y demás devenires.
 En  1980 un terremoto destruyó la ciudad aún más que el bombardeo de los aliados en la segunda guerra mundial, esto causó la desesperación de la familia al no recibir noticias desde su ciudad natal, finalmente llegaron las cartas relatando la tristeza por la destrucción generalizada que causó el fenómeno, la casona de los padres se había derrumbado como así también la morada de Filomena, el gobierno había dispuesto la instalación de prefabricadas para poder socorrer tan aciago momento.
Finalmente en 1983, y tras una larga espera, los  Di Marco adquirieron un artículo de lujo para la época, el teléfono. De esta manera, de forma espaciada debido a su costo, pudieron volver a escuchar sus voces al menos por pequeños momentos, se juraron tratar de no llorar, y aprovechar el tiempo para ponerse al día. Cuando Dina comenzó a edificar el sueño de viajar a Italia, notó la alegría  de su hermana quien estaba encantada con la idea, pero cuando finalmente el  viaje dejó de ser una utopía, las comunicaciones se espaciaron y por un momento Dina sospechó que no había voluntad de recibirlos. Finalmente, tras una larga charla, que luego se vio reflejada en la frondosa factura telefónica, las hermanas pudieron subsanar la cuestión, Filomena no tenía demasiado espacio para albergar a los cuatro turistas y se sentía mal por esta situación pero Dina, acostumbrada a la sencillez le garantizó que eso no era un problema. Finalmente, tras superar las diferentes complicaciones que fueron surgiendo, la fecha de partida quedó establecida para el  martes 14 de enero de 1986.

Capítulo 5 “Un Viaje en Ilyushin”
A Eduardo le fascinaban los aviones,  su tío Alberto, el hermano de Juan, tenía una quinta en San Vicente y allí podía disfrutar las aproximaciones de las grandes naves que tenían como destino al aeropuerto Internacional de Ezeiza. Podía distinguir las distintas versiones de los aviones  Boeing, como así también los DC9.
Uno de los pocos incentivos que encontraba el nieto de Dina para la travesía que los llevaría hasta Italia era justamente el volar por primera vez. Cuando se percató de la cantidad de abrigo que albergaban las enormes valijas tuvo conciencia que iba a padecer un clima adverso como jamás había vivido.
Cuatro horas antes de la partida ya estaba la familia en el Aeropuerto de Ezeiza, todo era novedad para los cuatro viajeros, la tensa espera llegó a su fin cuando anunciaron por los altoparlantes el vuelo de Aeroflot con destino a Moscú.
Al subir al avión, Un Ilyushin 62MK, lo primero que los sorprendió fue el acotado espacio que tenía en su interior, Eduardo, que había imaginado varias veces el momento, se sintió defraudado al notar la rusticidad de las terminaciones. Había dos sectores claramente definidos, en la parte trasera viajaban marineros rusos que habían tenido un recambio en la tripulación en el puerto de Buenos Aires, y en la parte delantera turistas, en su mayoría argentinos y latinoamericanos. El despegue fue eterno, el viejo avión carreteo hasta casi el final de la pista y se elevó. Tras una noche larga reabastecieron combustible en Yemen del Sur, país aliado de la Unión Soviética, hasta finalmente llegar a una Moscú cubierta en su totalidad por nieve. Como la escala era de catorce horas, tenían permiso para  realizar una excursión a la plaza Roja, pero la misma resultó infructuosa, el temporal era muy intenso y solo quedaron dos o tres fotografías fuera de foco como recuerdo de aquella experiencia
La excursión llegó a su fin, aterrizando en Roma casi dos días después de la partida, la desesperación de Juan por no tener noticias de su familia hizo que no asistiera al trabajo para quedarse sentado al lado del teléfono, finalmente Marta con voz cansada se comunicó para avisar que habían llegado bien.

Capítulo 6 “Regreso al Hogar”
                El periplo estaba lejos de finalizar tras aterrizar en Roma. Cerca de 350 Kilómetros separaban la tierra natal de Dina con el Aeropuerto Internacional de Fiumicino. Arribaron cerca del mediodía allí los esperaba Franco, el marido de Filomena, si bien se habían enviado postales cartas y fotografías a través del correo, Dina nunca había visto personalmente a Franco. Se dirigieron hasta el vehículo, un viejo Fiat 1600 de color celeste, y se encontraron con la dificultad de hacer entrar todo el equipaje en el pequeño auto.
Todo resultaba novedoso para Marta y sus hijos, pero Eduardo llevaba la peor parte ya que tenía una valija sobre sus pies que apenas le permitía moverse, la emoción de Dina al encontrarse nuevamente en su tierra original mitigaba el enorme cansancio que arrastraba. 
Con el correr de las horas, el clima se hizo más hostil y llegaron a Potenza al anochecer, en el medio de una intensa nevada.
Al ingresar en la morada, Dina y Filomena se abrazaron y lloraron durante varios minutos, la mayor tomo la cara de su hermana con sus dos manos como intentando reconocerla, habían transcurrido más de treinta años.
La casa tenía una habitación y un baño nuevo y, pasillo mediante, emergía una vivienda prefabricada que había sido cedida por el gobierno municipal tras el terremoto de 1980, el matrimonio y su hijo se trasladaron a la precaria vivienda para cederles las comodidades a los viajeros, el más perjudicado en la reubicación fue Eduardo, que terminó compartiendo la habitación con el hijo menor del matrimonio de sus tíos abuelos, el único que todavía no se había casado, Ciro, de unos 24 años.
Sin ninguna transición, los cuatro turistas pasaron de los 35 grados de la húmeda Buenos Aires a los 15 bajo cero de la pintoresca Potenza. Tras recuperar fuerzas luego del extenuante viaje, la estadía se hizo bastante anodina para Marta y sus hijos mientras Dina y su hermana se ponían al corriente.
La nieve había cedido y si bien el clima no era el más amigable, se podía transitar sin problemas por las angostas calles de la ciudad, a pesar de ello nadie se acercó a la casa para ver a los recién llegados. Finalmente, el primer  fin de semana desde el arribo, fueron de visita a la casa del matrimonio de Franco y Filomena  Pierina, la hermana que seguía en edad a Dina y Gino con su esposa, Eduardo esperaba ansioso la llegada de Antonio que no se hizo presente.
Hablaron generalidades, recordaron sus días en que la familia estaba completa y vivían bajo el mismo techo en la enorme Casona de los padres, lloraron las desgracias, las guerras, los terremotos, las pérdidas tempranas, intentaron rearmar el árbol familiar con los cónyuges, hijos y nietos.
Tanto Marta, y en menor medida Eduardo, notaban una carencia total de emoción en aquel encuentro, esta incomodidad fue creciendo con el transcurrir de los días, notaban la recepción forzada y en muchos casos se asemejaba a un mero trámite obligatorio.
El hijo mayor de Marta era quien peor la estaba llevando, no tenía casi dialogo con el primo segundo por las barreras de la edad y del idioma, para peor, el agua era un bien que escaseaba y a pesar de ello, Eduardo se higienizaba cada día, costumbre para nada arraigada en el Hijo menor de Pierina, el hedor que emanaba su cama y su ropa tornaba el ambiente irrespirable. Promediando la estadía Eduardo se entusiasmó al enterarse que por fin su Tío Antonio iba a  visitarlos, más allá de su intempestiva partida, el hijo de Marta guardaba un hermoso recuerdo de él y, por una cuestión de edad, desconocía los pormenores de aquella fuga. Cerca de la hora del Té ingresó a la fría casa Antonio, muy avejentado con respecto a la última vez que lo habían visto, entró caminando lento, con un bastón en su mano derecha, con claros signos de padecer una enfermedad. Dina lo recibió cálidamente, era su hermanito menor, muchas historias acunaban juntos, el viaje en Barco a Buenos Aires, el desarraigo, fue como una madre para él, Marta aún guardaba rencor, conocía perfectamente el mal trago que le había hecho pasar a Genaro y la cantidad de deudas que el había tenido que afrontar. Eduardo observaba minuciosamente la presunta fragilidad de su tío, que desaparecía con el énfasis del relato de alguna anécdota, cenaron juntos y cuando la calma del viento presagiaba una nueva nevada Antonio se despidió prometiendo volver a encontrarse con ellos antes del regreso a Buenos Aires.
Mientras la estadía se transformaba en un verdadero calvario tanto para Marta como para sus hijos a Dina el tiempo se escurría como arena entre los dedos y deseaba fervientemente moverse por aquellos lugares que tanto añoraba, quería ir al cementerio para dejar unas flores en las tumbas de sus padres que estaban enterrados en lápidas contiguas, pero, los cuatro viajeros permanecían casi todo el día solos en la humilde casa. El único divertimento que tenían era ir a la feria de los días sábados en donde podían pasear un poco y caminar por las diminutas calles laberínticas de la ciudad. El paseo duraba varias horas ya que a la compra de cualquier objeto lo precedía un extenuante regateo en el que no faltaban ni gritos ni amenazas de tomarse a golpes de puño.
Norma, la hija mayor de Pierina, guardaba un hermoso recuerdo de Dina, cuando la esposa de Genaro partió rumbo a Buenos Aires junto a Antonio, la entonces niña de 9 años fue a despedirlos al puerto. Varios años después contrajo matrimonio con Roberto, un ingeniero emprendedor y se fueron a vivir a Avellino, una hermosa ciudad que se encontraba noventa kilómetros al norte de Potenza. Ante la creciente impaciencia de su tía, Norma invitó a los cuatro viajeros a pasar unos días en su enorme casona. Aprovechando el buen tiempo realizaron hermosas excursiones a “La Rocca San Felice” que es un pequeño pueblo medieval con las ruinas de un pintoresco Castillo, a pedido de Dina fueron al “Duomo di Avellino” que es una catedral dedicada a la Asunción de la Virgen María y San Modestino de Avellino, disfrutaron del paseo por el centro de la ciudad y fue, por lejos, la mejor experiencia del viaje.
La fecha del regreso a Buenos Aires estaba cada vez más cerca, cosa que emocionaba a Eduardo, sin embargo el mal humor de su abuela iba en aumento
-          No puede ser, todavía no pude ir al cementerio a ver a mis padres, rezongaba Dina ante la mirada resignada de su hija y sus nietos
-         Recordás donde estaba situado, le preguntó Eduardo
-         Eran solo 300 metros desde la Catedral de San Gerardo, pero desde aquí no se cómo llegar
-        Pero mamá, interrumpió Marta, la Catedral de San Gerardo es la que visitamos la semana pasada y solo está a 600 metros de acá
-        Yo te acompaño abuela, dijo decidido Eduardo y partieron hacia el cementerio.
A pesar de la edad, Dina se encontraba en perfecta forma, cuando llegaron a la Catedral de San Genaro, inmediatamente recordó el camino que, si bien era bastante empinado, lo transitaron sin inconvenientes. Al llegar al cementerio, no tardaron demasiado en encontrar las lápidas que buscaban, Dina conocía perfectamente el camino ya que era el ritual de cada domingo ir a visitar a su padre, cuando la esposa de Genaro partió hacia Buenos Aires, Aída, su madre, aún permanecía con vida. Al llegar a destino, Eduardo pudo presenciar la conmoción de su abuela, acarició tiernamente la tumba de su padre, y se emocionó al acercarse a la de su madre, se quedó varios minutos en silencio, como susurrándole cosas, el frío comenzaba a hacerse cada vez más intenso, entonces Dina miró a su nieto y le pidió ayuda para levantarse.
Emprendieron el regreso pero Dina propuso realizar otra ruta, comenzó a recordar lugares que le resultaban familiares, descubrió el viejo almacén en el que compraban provisiones, le señaló a su nieto la casa en donde vivían los padres de Genaro, Eduardo la sostenía con el brazo, tenía miedo que alguna baldosa floja le jugara una mala pasada. De pronto Dina frenó de manera brusca, su nieto solo atinó a preguntarle si se sentía bien, pero solo pudo percibir como su abuela se aferraba a una reja de color negro, alterado, Eduardo insistió en su pregunta, pero Dina aferrada a la reja rompió en llanto, definitivamente asustado por la salud de su abuela Eduardo comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero Dina lo paró en seco con un insulto
-        Sto Bene Pelotudo, le gritó en italiano
-        Pero qué te pasa abuela, preguntó Eduardo exaltado mientras Dina no paraba de insultar
-        Il Castello figlio di puttana, Il Castello, gritaba Dina, abrió la reja que no tenía seguro y comenzó frenéticamente a golpear la puerta de entrada.
Un pintor abrió la puerta sorprendido y Dina comenzó a insultarlo en italiano, Eduardo miraba la escena perplejo sin entender que sucedía, en eso Dina volvió hacia él y le dijo
-        Todos me mintieron, me dijeron que el terremoto había derrumbado la casa.
Los días posteriores a la revelación fueron muy controvertidos,  discusiones interminables, gritos, llantos, Dina acusó a su hermano menor de ser el responsable de la mentira, un poco para tratar de no sentir rencor hacia los otros hermanos, firmó un poder de dudosa rigurosidad legal cediendo todos los derechos a su hermana Filomena.
Al volver a Buenos Aires, nunca más volvió a ponerse en contacto con sus hermanos.


jueves, 5 de octubre de 2017

Mediterráneo

“Quizás porque mi niñez
sigue jugando en tu playa

Siempre me acompaño la música, recuerdo ser muy chico y aprender con premura a poner los discos en el tocadiscos familiar. Aunque el dinero siempre escaseaba, libros y música estaban al alcance de la mano en mi casa de niño. Los sábados por la mañana mis padres estiraban el desayuno con el infaltable mate disfrutando de los más variados artistas populares, así pude escuchar a Hernán Figueroa Reyes, José Larralde, Serrat, Argentino Merlo, Orquestas de tango y algún que otro sencillo de Palito Ortega.
La casa era humilde, patio chiquito al fondo pero con suficiente lugar para poder tirar una chapa en el piso y posar sobre ella una parrilla para cocinar asado o algún pollo según como viniera la economía familiar.
De todo lo que se escuchaba me fascinaba “Mediterráneo” de Serrat, mi viejo la tarareaba sin saber que a los pocos años lo iba a navegar.
Eran tiempos aciagos, una mañana de verano lo noté quieto, dolorido, no existía ni aire acondicionado y solo un viejo ventilador intentaba con escaso éxito ahuyentar el calor, al acercarme pude ver como su enorme espalda estaba plagada de moretones, al notar mi asombro me calmó diciéndome que se encontraba bien, que había tenido un accidente con la moto.
Luego de muchos años, en una de esas charlas íntimas que teníamos en su taller, me contó que en la época del proceso militar, en plena dictadura, en la fábrica querían obligarlos a hacer horas extras pero con el mismo valor de la hora común, al negarse llegó la policía y los molió a palazos, conociendo su coraje y su rebeldía logré entender porque tenía aquellos moretones que me conmovieron cuando era un niño.
Algunas noches atrás y gracias a la búsqueda aleatoria de canciones de mi reproductor digital de música, me volví a topar con “Mediterráneo” y me pregunto ¿en qué mar estarás navegando?


“En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
quiero tener buena vista.
mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Cerca del mar. porque yo
nací en el mediterráneo.