Luego de la “Invasión de Sicilia”
en la que el ejército de los Aliados consiguió desembarcar en la “Italia
Insular” se produjo el contraataque de la alianza Ítalo-Germana desencadenando
la batalla de Gela.
El ataque de pinzas resultó
favorable para la defensa del territorio italiano pero a comienzos de la tarde
varios cruceros de los invasores bombardearon intensamente las costas obligando
a iniciar la retirada de los que infructuosamente intentaron defender la
ciudad.
En plena huida fue capturado el
soldado Genaro Di Monti, un joven de apenas veinticuatro años de edad,
proveniente de la ciudad de Potenza.
Genaro estuvo varios días
confinado en una improvisada cárcel hasta que lo subieron a un barco Sin
Destino aparente. Sus captores intentaban hacerse entender pero su esfuerzo
resultaba estéril, así es como, tras varios días en alta mar el joven llego a
Buenos Aires.
Tras alojarse en uno de los
típicos conventillos de la Boca, uno de sus primero trabajos fue el de changarín
en el puerto. Había enviado varias misivas a su joven esposa para poder
avisarle que aún se encontraba con vida. Finalmente, luego de esperar con ansiedad
noticias desde su Potenza nata, la
respuesta de Dina llegó, esto llenó de regocijo al joven Genaro quien puso todo
su empeño para poder volver a reunirse con su amada esposa.
Genaro trabajó de sol a sombra
para tener un lugar en donde poder empezar de nuevo, así fue que se mudó a una
vieja casona en el barrio de Barracas. Luego de dos años se produjo el
reencuentro con Dina, quien realizó la travesía en el barco “Alcántara” junto a
su hermano menor, Antonio, de solo diez
años, escapando a la miseria y las enfermedades que se originaron una vez
finalizada la guerra.
Apenas instalados, la pareja tuvo
dos hijos, Marta fue la primogénita y Alfredo el segundo, Antonio fue criado
como un hijo más y heredó de Genaro el oficio de ebanista. A principios de la
década del 50, los Di Marco compraron un terreno en Quilmes, en el sur del
conurbano bonaerense y allí con mucho esfuerzo levantaron un pintoresco chalet
en donde vivieron hasta el final de sus días.
Con su sonrisa pícara y sus ojos
celestes Antonio era un verdadero seductor. Tenía muchas novias pero no se
comprometía con ninguna, una inmensa habilidad para realizar su labor de
ebanista, pero con casi nula afección al trabajo.
Genaro lo trató siempre como a un
hijo, lo ayudo a construir el taller en donde desempeñaba su actividad, un día,
de manera muy formal, le pidió permiso para levantar un departamento en el
fondo del terreno ya que tenía planes de
casarse, y Genaro lo ayudó no solo en la obra sino también de manera económica,
así en menos de un año Antonio se trasladó a su nueva vivienda aunque los
planes de boda se esfumaron rápidamente.
A finales de la década del 60
Marta, la primera hija de los Di Marco, contrajo nupcias con Juan Contarino, un
vecino que la cortejó desde el mismo momento que la conoció, al poco tiempo
nació Eduardo, quien hizo abuelo por primera vez a Genaro. Como el terreno era
lo suficientemente ancho, levantaron una casa contigua al chalet que habían
construido en Quilmes, la familia se agrandaba y solían pasar los domingos
todos juntos.
Marta veía en Antonio un hermano mayor y le ofreció el
padrinazgo de Eduardo, el pequeño niño se la pasaba todo el día con su padrino
quien lo llenaba de regalos, satisfacía cuanto capricho tenía el infante.
Eduardo le tenía mucho afecto y casi sin querer era cómplice de las aventuras
del hermano de Marta, en una oportunidad se llevó al pequeño niño a pasear por
la ribera quilmeña cuando Clara, la por entonces novia de Antonio, se quiso
sumar este le dijo que quería jugar un poco con su ahijado, pero los planes del
casanova eran otros, dejó al pobre niño encerrado en un viejo Siam Di Tella
mientras se enredaba en amoríos con una chica que conoció en el tren.
A finales de los setenta,
aprovechando la fenomenal tasa de interés que ofrecían los bancos, tomó varios
pedidos y realizó un plazo fijo a treinta días, al retirarlo, en lugar de
ponerse a trabajar armó las valijas y se volvió a Italia.
Para la familia resultó
impactante su partida, más aún cuando los desprevenidos clientes empezaron a
desfilar por el chalet de Quilmes para ver el avance de sus pedidos.
Genaro tuvo que hacer frente a
gran parte de la deuda que Antonio dejó.
Capítulo 3 “La
Despedida”
Luego de trabajar varios años en
la empresa de Energía Eléctrica de la Provincia de Buenos Aires, Genaro logró
jubilarse por invalidez. La prolongada exposición a productos tóxicos había
menguado su capacidad respiratoria. La inactividad terminó de hacer mella en su
salud, cada vez hablaba menos y fue paulatinamente perdiendo interés en las
cosas que le gustaban hacer.
Había imaginado el final de su
vida en la casita que había construido con esfuerzo en Santa Teresita, a metros
del mar, pero la humedad reinante empeoraba su delicado estado. Como casi nadie
utilizaba la casa en la costa atlántica, previo al verano del 84 decidió
venderla. Viajaron los 330 kilómetros que separaban la localidad balnearia de
Quilmes con Eduardo, su nieto y Juan, su yerno, Dina prefirió no ir, hermosos
momentos habían vivido allí, cerrar esa etapa le dolía demasiado.
Cuando sellaron el acuerdo con el
comprador, Genaro le pidió a su nieto que lo acompañe hasta la playa, allí pudo
observar como su abuelo permaneció casi una hora descalzo con las olas en su
vaivén mojándole los pies, mirando el horizonte, recordando vaya a saber que,
los secretos que atesoraba de la cruenta guerra, la muerte de sus amigos, la
conciencia y la resignación de saber que se encontraba en el Ocaso de su vida,
nunca pudo Eduardo borrar aquel recuerdo.
Una mañana de verano Genaro ya no
despertó, y en sus primeros meses de viuda, Dina lloraba por los rincones,
extrañaba a su amor de toda la vida, Marta, su hija, viendo que su madre se
desmoronaba, trajo consigo una idea para levantarle el ánimo
- ¿Y si viajas a Potenza? le propuso en un almuerzo, Dina descartó
rotundamente, la idea, pero con el correr de las semanas la empezó a
considerar.
Luego de varias excusas y
evasivas, el dinero de la casa de Santa Teresita permanecía casi en su
totalidad, pero Dina no quería viajar sola, quería que su hija la acompañe, Lucía,
su nieta más chica tenía tan solo ocho años, a su vez Juan no quería que las
mujeres viajen solas y propuso que las acompañe su hijo.
El costo del viaje se
incrementaba demasiado, a pesar de la ayuda de Lucrecia, la Prima de Juan, que
trabajaba de azafata en Aerolíneas Argentinas y
conseguía pasajes con mejores precios, una devaluación a mitad del año
1985 estuvo a punto de hacer naufragar el emprendimiento hasta que Lucrecia vino una tarde con la novedad de una promoción
que consiguió por sus contactos en la industria aeronáutica, podía viajar por
la Aerolínea Soviética Aeroflot.
A Eduardo no lo seducía de
ninguna manera el viaje, perder un mes de vacaciones de verano y menos aún
hacerlo con su abuela, su madre y su hermanita, pero Juan, su padre, se puso inflexible
y no le quedó más remedio que aceptar.
En las colinas de los Apeninos emerge la bella Potenza, capital
de la región italiana conocida como Basilicata. Allí vivió Dina desde que nació,
hasta que emigró para reencontrarse con su amor.
Los recuerdos suelen engañarnos escondiendo los pesares,
todo lo que la viuda de Genaro añoraba de su ciudad natal la llenaba de
felicidad, sus días en “Il Castello” como le decía a la enorme casona que había
adquirido su padre en la época de comerciante. Eran seis hermanos, Lucio, el
mayor, que murió en la guerra, Dina la segunda y a ella la seguían Pierina,
Filomena, Gino y por último Antonio. Luego de su partida a la Argentina
permanecieron en contacto mediante misivas, sobre todo con Filomena, así se fueron
enterando de los nacimientos, casamientos y demás devenires.
En 1980 un terremoto destruyó la ciudad aún más
que el bombardeo de los aliados en la segunda guerra mundial, esto causó la
desesperación de la familia al no recibir noticias desde su ciudad natal,
finalmente llegaron las cartas relatando la tristeza por la destrucción
generalizada que causó el fenómeno, la casona de los padres se había derrumbado
como así también la morada de Filomena, el gobierno había dispuesto la
instalación de prefabricadas para poder socorrer tan aciago momento.
Finalmente en 1983, y tras una larga espera, los Di Marco adquirieron un artículo de lujo para
la época, el teléfono. De esta manera, de forma espaciada debido a su costo,
pudieron volver a escuchar sus voces al menos por pequeños momentos, se juraron
tratar de no llorar, y aprovechar el tiempo para ponerse al día. Cuando Dina
comenzó a edificar el sueño de viajar a Italia, notó la alegría de su hermana quien estaba encantada con la
idea, pero cuando finalmente el viaje
dejó de ser una utopía, las comunicaciones se espaciaron y por un momento Dina
sospechó que no había voluntad de recibirlos. Finalmente, tras una larga
charla, que luego se vio reflejada en la frondosa factura telefónica, las
hermanas pudieron subsanar la cuestión, Filomena no tenía demasiado espacio
para albergar a los cuatro turistas y se sentía mal por esta situación pero
Dina, acostumbrada a la sencillez le garantizó que eso no era un problema.
Finalmente, tras superar las diferentes complicaciones que fueron surgiendo, la
fecha de partida quedó establecida para el
martes 14 de enero de 1986.
Capítulo 5 “Un Viaje
en Ilyushin”
A Eduardo le fascinaban los aviones, su tío Alberto, el hermano de Juan, tenía una
quinta en San Vicente y allí podía disfrutar las aproximaciones de las grandes naves
que tenían como destino al aeropuerto Internacional de Ezeiza. Podía distinguir
las distintas versiones de los aviones Boeing, como así también los DC9.
Uno de los pocos incentivos que encontraba el nieto de Dina
para la travesía que los llevaría hasta Italia era justamente el volar por
primera vez. Cuando se percató de la cantidad de abrigo que albergaban las
enormes valijas tuvo conciencia que iba a padecer un clima adverso como jamás
había vivido.
Cuatro horas antes de la partida ya estaba la familia en el
Aeropuerto de Ezeiza, todo era novedad para los cuatro viajeros, la tensa
espera llegó a su fin cuando anunciaron por los altoparlantes el vuelo de
Aeroflot con destino a Moscú.
Al subir al avión, Un Ilyushin 62MK, lo primero que los
sorprendió fue el acotado espacio que tenía en su interior, Eduardo, que había
imaginado varias veces el momento, se sintió defraudado al notar la rusticidad
de las terminaciones. Había dos sectores claramente definidos, en la parte
trasera viajaban marineros rusos que habían tenido un recambio en la
tripulación en el puerto de Buenos Aires, y en la parte delantera turistas, en
su mayoría argentinos y latinoamericanos. El despegue fue eterno, el viejo
avión carreteo hasta casi el final de la pista y se elevó. Tras una noche larga
reabastecieron combustible en Yemen del Sur, país aliado de la Unión Soviética,
hasta finalmente llegar a una Moscú cubierta en su totalidad por nieve. Como la
escala era de catorce horas, tenían permiso para realizar una excursión a la plaza Roja, pero
la misma resultó infructuosa, el temporal era muy intenso y solo quedaron dos o
tres fotografías fuera de foco como recuerdo de aquella experiencia
La excursión llegó a su fin, aterrizando en Roma casi dos
días después de la partida, la desesperación de Juan por no tener noticias de
su familia hizo que no asistiera al trabajo para quedarse sentado al lado del
teléfono, finalmente Marta con voz cansada se comunicó para avisar que habían
llegado bien.
Capítulo 6 “Regreso al
Hogar”
El periplo estaba lejos de
finalizar tras aterrizar en Roma. Cerca de 350 Kilómetros separaban la tierra
natal de Dina con el Aeropuerto Internacional de Fiumicino. Arribaron cerca del
mediodía allí los esperaba Franco, el marido de Filomena, si bien se habían
enviado postales cartas y fotografías a través del correo, Dina nunca había
visto personalmente a Franco. Se dirigieron hasta el vehículo, un viejo Fiat
1600 de color celeste, y se encontraron con la dificultad de hacer entrar todo
el equipaje en el pequeño auto.
Todo resultaba novedoso para Marta y sus hijos, pero Eduardo
llevaba la peor parte ya que tenía una valija sobre sus pies que apenas le
permitía moverse, la emoción de Dina al encontrarse nuevamente en su tierra
original mitigaba el enorme cansancio que arrastraba.
Con el correr de las horas, el clima se hizo más hostil y
llegaron a Potenza al anochecer, en el medio de una intensa nevada.
Al ingresar en la morada, Dina y Filomena se abrazaron y
lloraron durante varios minutos, la mayor tomo la cara de su hermana con sus
dos manos como intentando reconocerla, habían transcurrido más de treinta años.
La casa tenía una habitación y un baño nuevo y, pasillo
mediante, emergía una vivienda prefabricada que había sido cedida por el
gobierno municipal tras el terremoto de 1980, el matrimonio y su hijo se
trasladaron a la precaria vivienda para cederles las comodidades a los
viajeros, el más perjudicado en la reubicación fue Eduardo, que terminó
compartiendo la habitación con el hijo menor del matrimonio de sus tíos
abuelos, el único que todavía no se había casado, Ciro, de unos 24 años.
Sin ninguna transición, los cuatro turistas pasaron de los
35 grados de la húmeda Buenos Aires a los 15 bajo cero de la pintoresca
Potenza. Tras recuperar fuerzas luego del extenuante viaje, la estadía se hizo
bastante anodina para Marta y sus hijos mientras Dina y su hermana se ponían al
corriente.
La nieve había cedido y si bien el clima no era el más
amigable, se podía transitar sin problemas por las angostas calles de la ciudad,
a pesar de ello nadie se acercó a la casa para ver a los recién llegados. Finalmente,
el primer fin de semana desde el arribo,
fueron de visita a la casa del matrimonio de Franco y Filomena Pierina, la hermana que seguía en edad a Dina
y Gino con su esposa, Eduardo esperaba ansioso la llegada de Antonio que no se
hizo presente.
Hablaron generalidades, recordaron sus días en que la
familia estaba completa y vivían bajo el mismo techo en la enorme Casona de los
padres, lloraron las desgracias, las guerras, los terremotos, las pérdidas
tempranas, intentaron rearmar el árbol familiar con los cónyuges, hijos y
nietos.
Tanto Marta, y en menor medida Eduardo, notaban una carencia
total de emoción en aquel encuentro, esta incomodidad fue creciendo con el
transcurrir de los días, notaban la recepción forzada y en muchos casos se
asemejaba a un mero trámite obligatorio.
El hijo mayor de Marta era quien peor la estaba llevando, no
tenía casi dialogo con el primo segundo por las barreras de la edad y del
idioma, para peor, el agua era un bien que escaseaba y a pesar de ello, Eduardo
se higienizaba cada día, costumbre para nada arraigada en el Hijo menor de
Pierina, el hedor que emanaba su cama y su ropa tornaba el ambiente
irrespirable. Promediando la estadía Eduardo se entusiasmó al enterarse que por
fin su Tío Antonio iba a visitarlos, más
allá de su intempestiva partida, el hijo de Marta guardaba un hermoso recuerdo
de él y, por una cuestión de edad, desconocía los pormenores de aquella fuga.
Cerca de la hora del Té ingresó a la fría casa Antonio, muy avejentado con
respecto a la última vez que lo habían visto, entró caminando lento, con un
bastón en su mano derecha, con claros signos de padecer una enfermedad. Dina lo
recibió cálidamente, era su hermanito menor, muchas historias acunaban juntos,
el viaje en Barco a Buenos Aires, el desarraigo, fue como una madre para él,
Marta aún guardaba rencor, conocía perfectamente el mal trago que le había
hecho pasar a Genaro y la cantidad de deudas que el había tenido que afrontar.
Eduardo observaba minuciosamente la presunta fragilidad de su tío, que
desaparecía con el énfasis del relato de alguna anécdota, cenaron juntos y
cuando la calma del viento presagiaba una nueva nevada Antonio se despidió
prometiendo volver a encontrarse con ellos antes del regreso a Buenos Aires.
Mientras la estadía se transformaba en un verdadero calvario
tanto para Marta como para sus hijos a Dina el tiempo se escurría como arena
entre los dedos y deseaba fervientemente moverse por aquellos lugares que tanto
añoraba, quería ir al cementerio para dejar unas flores en las tumbas de sus
padres que estaban enterrados en lápidas contiguas, pero, los cuatro viajeros
permanecían casi todo el día solos en la humilde casa. El único divertimento
que tenían era ir a la feria de los días sábados en donde podían pasear un poco
y caminar por las diminutas calles laberínticas de la ciudad. El paseo duraba
varias horas ya que a la compra de cualquier objeto lo precedía un extenuante
regateo en el que no faltaban ni gritos ni amenazas de tomarse a golpes de
puño.
Norma, la hija mayor de Pierina, guardaba un hermoso
recuerdo de Dina, cuando la esposa de Genaro partió rumbo a Buenos Aires junto
a Antonio, la entonces niña de 9 años fue a despedirlos al puerto. Varios años
después contrajo matrimonio con Roberto, un ingeniero emprendedor y se fueron a
vivir a Avellino, una hermosa ciudad que se encontraba noventa kilómetros al
norte de Potenza. Ante la creciente impaciencia de su tía, Norma invitó a los
cuatro viajeros a pasar unos días en su enorme casona. Aprovechando el buen
tiempo realizaron hermosas excursiones a “La Rocca San Felice” que es un
pequeño pueblo medieval con las ruinas de un pintoresco Castillo, a pedido de
Dina fueron al “Duomo di Avellino” que es una catedral dedicada a la Asunción
de la Virgen María y San Modestino de Avellino, disfrutaron del paseo por el
centro de la ciudad y fue, por lejos, la mejor experiencia del viaje.
La fecha del regreso a Buenos Aires estaba cada vez más
cerca, cosa que emocionaba a Eduardo, sin embargo el mal humor de su abuela iba
en aumento
- No puede ser, todavía no pude ir al cementerio a
ver a mis padres, rezongaba Dina ante la mirada resignada de su hija y sus
nietos
- Recordás donde estaba situado, le preguntó
Eduardo
- Eran solo 300 metros desde la Catedral de San
Gerardo, pero desde aquí no se cómo llegar
- Pero mamá, interrumpió Marta, la Catedral de San
Gerardo es la que visitamos la semana pasada y solo está a 600 metros de acá
- Yo te acompaño abuela, dijo decidido Eduardo y
partieron hacia el cementerio.
A pesar de la edad, Dina se encontraba en perfecta forma,
cuando llegaron a la Catedral de San Genaro, inmediatamente recordó el camino
que, si bien era bastante empinado, lo transitaron sin inconvenientes. Al
llegar al cementerio, no tardaron demasiado en encontrar las lápidas que
buscaban, Dina conocía perfectamente el camino ya que era el ritual de cada
domingo ir a visitar a su padre, cuando la esposa de Genaro partió hacia Buenos
Aires, Aída, su madre, aún permanecía con vida. Al llegar a destino, Eduardo
pudo presenciar la conmoción de su abuela, acarició tiernamente la tumba de su
padre, y se emocionó al acercarse a la de su madre, se quedó varios minutos en
silencio, como susurrándole cosas, el frío comenzaba a hacerse cada vez más
intenso, entonces Dina miró a su nieto y le pidió ayuda para levantarse.
Emprendieron el regreso pero Dina propuso realizar otra
ruta, comenzó a recordar lugares que le resultaban familiares, descubrió el
viejo almacén en el que compraban provisiones, le señaló a su nieto la casa en
donde vivían los padres de Genaro, Eduardo la sostenía con el brazo, tenía
miedo que alguna baldosa floja le jugara una mala pasada. De pronto Dina frenó
de manera brusca, su nieto solo atinó a preguntarle si se sentía bien, pero
solo pudo percibir como su abuela se aferraba a una reja de color negro,
alterado, Eduardo insistió en su pregunta, pero Dina aferrada a la reja rompió
en llanto, definitivamente asustado por la salud de su abuela Eduardo comenzó a
gritar pidiendo ayuda, pero Dina lo paró en seco con un insulto
- Sto Bene Pelotudo, le gritó en italiano
- Pero qué te pasa abuela, preguntó Eduardo
exaltado mientras Dina no paraba de insultar
- Il Castello figlio di puttana, Il Castello,
gritaba Dina, abrió la reja que no tenía seguro y comenzó frenéticamente a
golpear la puerta de entrada.
Un pintor abrió la puerta sorprendido y Dina comenzó a
insultarlo en italiano, Eduardo miraba la escena perplejo sin entender que
sucedía, en eso Dina volvió hacia él y le dijo
- Todos me mintieron, me dijeron que el terremoto
había derrumbado la casa.
Los días posteriores a la revelación fueron muy
controvertidos, discusiones
interminables, gritos, llantos, Dina acusó a su hermano menor de ser el
responsable de la mentira, un poco para tratar de no sentir rencor hacia los
otros hermanos, firmó un poder de dudosa rigurosidad legal cediendo todos los
derechos a su hermana Filomena.
Al volver a Buenos Aires, nunca más volvió a ponerse en
contacto con sus hermanos.