miércoles, 12 de octubre de 2016

Navegar

Treinta Años atrás mi vida era lo que transcurría entre partidos de Futbol. Cada sábado por la mañana jugábamos en las canchas del Colegio San Alfonso con los compañeros de Secundaria, tiempos felices, los bolsillos llenos de futuro.
Un sábado soleado de primavera extendí los famosos “Cinco minutos y me levanto” y me quedé dormido, tomé la bicicleta para llegar al encuentro de Martin, un compañero con el que compartíamos el viaje hasta el colegio cada vez que jugábamos al futbol, pero mi retraso hizo que no pudiera encontrarlo. Apuré el ritmo todo lo que pude metiéndome con la bici entre los autos por la avenida 12 de Octubre y pude llegar apenas minutos antes del inicio del partido.
Noté en mis compañeros de equipo un mirada mezcla de estupor y descreimiento por mi presencia que la atribuí, sin pensarlo demasiado, a mi llegada tarde. El partido transcurrió con normalidad y mi desempeño no fue de los mejores esa mañana cálida pero, para mi sorpresa, ante cada gol errado o pase mal efectuado en lugar de recibir una recriminación recibía una muestra de cariño o aliento.
El Partido finalizó y, mientras tomábamos agua, las miradas incrédulas seguían posándose sobre mí, sin entender demasiado que era lo que estaba ocurriendo, presumí que estaba siendo víctima de una de las bromas que tanto me gustaban realizar.
No recuerdo quien rompió el silencio y me encaró
-          Jorge tenés que abrirte, no podes hacer de cuenta que no pasa nada
Mi desconcierto iba en aumento y al notar que la preocupación de mis compañeros era real les pedí por favor que me comentaran que estaba sucediendo, Martin tomó la palabra y me dijo
-          Ya sabemos todo, hoy cuando ví que no llegabas fui a buscarte a tu casa y tu tía me contó lo de la muerte de tu papá
Cuando terminó su relato, me lo quedé mirando azorado, y muerto de risa solo atiné a decirle “Pelotudo, te equivocaste de casa”. En efecto, un vecino homónimo mío, había perdido a su padre horas antes y de ahí el malentendido, al descubrir lo que había ocurrido, el grupo comenzó fervorosamente a recordarme todas las incidencias negativas que habían causado mi participación en la derrota ya consumada.
Con el correr del tiempo, las reuniones con mis compañeros de secundaria se fueron espaciando, pero en cada una de ellas aparecía esta anécdota, la muerte de nuestros padres parecía algo lejano.
Hoy que mi querido viejo se fue a navegar sin Puerto de destino, no puedo dejar de recordar una de las primeras veces en que imaginé que podía faltarme.

Hace poco escuche a un poeta decir que dejamos de ser niños cuando perdemos a nuestro padre, le agradezco a la vida haber tenido 47 años de infancia.