Treinta Años
atrás mi vida era lo que transcurría entre partidos de Futbol. Cada sábado por
la mañana jugábamos en las canchas del Colegio San Alfonso con los compañeros
de Secundaria, tiempos felices, los bolsillos llenos de futuro.
Un sábado soleado
de primavera extendí los famosos “Cinco minutos y me levanto” y me quedé
dormido, tomé la bicicleta para llegar al encuentro de Martin, un compañero con
el que compartíamos el viaje hasta el colegio cada vez que jugábamos al futbol,
pero mi retraso hizo que no pudiera encontrarlo. Apuré el ritmo todo lo que
pude metiéndome con la bici entre los autos por la avenida 12 de Octubre y pude
llegar apenas minutos antes del inicio del partido.
Noté en mis
compañeros de equipo un mirada mezcla de estupor y descreimiento por mi
presencia que la atribuí, sin pensarlo demasiado, a mi llegada tarde. El
partido transcurrió con normalidad y mi desempeño no fue de los mejores esa
mañana cálida pero, para mi sorpresa, ante cada gol errado o pase mal efectuado
en lugar de recibir una recriminación recibía una muestra de cariño o aliento.
El Partido
finalizó y, mientras tomábamos agua, las miradas incrédulas seguían posándose sobre
mí, sin entender demasiado que era lo que estaba ocurriendo, presumí que estaba
siendo víctima de una de las bromas que tanto me gustaban realizar.
No recuerdo quien
rompió el silencio y me encaró
-
Jorge
tenés que abrirte, no podes hacer de cuenta que no pasa nada
Mi desconcierto
iba en aumento y al notar que la preocupación de mis compañeros era real les
pedí por favor que me comentaran que estaba sucediendo, Martin tomó la palabra
y me dijo
-
Ya
sabemos todo, hoy cuando ví que no llegabas fui a buscarte a tu casa y tu tía
me contó lo de la muerte de tu papá
Cuando terminó su
relato, me lo quedé mirando azorado, y muerto de risa solo atiné a decirle “Pelotudo,
te equivocaste de casa”. En efecto, un vecino homónimo mío, había perdido a su
padre horas antes y de ahí el malentendido, al descubrir lo que había ocurrido,
el grupo comenzó fervorosamente a recordarme todas las incidencias negativas
que habían causado mi participación en la derrota ya consumada.
Con el correr del
tiempo, las reuniones con mis compañeros de secundaria se fueron espaciando,
pero en cada una de ellas aparecía esta anécdota, la muerte de nuestros padres
parecía algo lejano.
Hoy que mi
querido viejo se fue a navegar sin Puerto de destino, no puedo dejar de
recordar una de las primeras veces en que imaginé que podía faltarme.
Hace poco escuche
a un poeta decir que dejamos de ser niños cuando perdemos a nuestro padre, le
agradezco a la vida haber tenido 47 años de infancia.

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