viernes, 13 de enero de 2017

Un Mecánico

Mi familia nunca se caracterizó por realizar buenos negocios,  a la hora de comprar siempre pagamos caro y a la hora de vender, nuestras posesiones ya carecían de valor.
Una vez mi papá compro un Fiat 1500 que tenía más kilómetros con tracción a sangre (la nuestra a la hora de empujarlo) que los realizados con combustible.
El pequeño auto, de color bordó, permanecía más tiempo en el taller que en el garaje de mi casa. En esa época me encontraba dando mis primeros pasos a la hora de conducir autos, entonces me ofrecía gustoso a cualquier diligencia que involucrara manejar.
Cada vez que iba al mecánico, un viejo amigo de mi papá que era conocido como “Pepo”, lo encontraba escuchando a un volumen alto canciones de Horacio Guarany. El fanatismo que tenía era tal que conocía todo tipo de detalles inéditos del  cantautor santefecino. En una de aquellas mañanas, mientras Pepo realizaba las últimas pruebas antes de entregarme el auto, me contó esta anécdota del Gran Horacio Guarany, que hace pocas horas nos dejó.
La década del 70 no había llegado a la mitad, y luego de presentarse en un una peña en La Falda, Horacio Guarany acompañado de sus músicos se dirigían en una Chevy rumbo a Cosquín, en donde se presentaría al día siguiente en el legendario Festival que se celebraba desde 1961.
Al llegar a Molinari, un pueblo que en la actualidad cuenta con alrededor de 6000 habitantes, un control policial los detiene.
Con su tono fraternal, Horacio le pide al policía que les permita seguir ya que se encontraban cansados y al otro día tenían que cantar, pero el policía, inalterable en su postura, le solicito los documentos a todos los pasajeros que viajaban en el auto. Uno a uno fueron cumpliendo con la solicitud hasta que Horacio cae en la cuestión que su credencial se encuentra en el baúl del auto.
El Cantante insistió para que lo dejaran ir, avalado porque el compañero del oficial que se encontraba inspeccionando la documentación lo había reconocido, pero el oficial hizo caso omiso y persistió en la intención de requerirle el documento de identidad.
Con Fastidio, Horacio se dirigió hacia la parte posterior del auto, buscó en el equipaje hasta dar con el documento, se lo dio en la propia mano al policía y subió nuevamente al auto para desparramarse en el asiento del acompañante del conductor. El policía, linterna en mano inspeccionaba el documento mientras en voz fuerte y clara deletreaba
-          HO RA CIO GUA RA NY
Al finalizar, en el habitáculo del automóvil todos los pasajeros estallaron de risa ante la mirada de asombro del oficial que solo atinó a informarles que podían continuar su viaje.
Horacio en realidad se llamaba Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo.