Mi familia nunca se caracterizó por realizar buenos
negocios, a la hora de comprar siempre
pagamos caro y a la hora de vender, nuestras posesiones ya carecían de valor.
Una vez mi papá compro un Fiat 1500 que tenía más kilómetros
con tracción a sangre (la nuestra a la hora de empujarlo) que los realizados
con combustible.
El pequeño auto, de color bordó, permanecía más tiempo en el
taller que en el garaje de mi casa. En esa época me encontraba dando mis
primeros pasos a la hora de conducir autos, entonces me ofrecía gustoso a
cualquier diligencia que involucrara manejar.
Cada vez que iba al mecánico, un viejo amigo de mi papá que
era conocido como “Pepo”, lo encontraba escuchando a un volumen alto canciones
de Horacio Guarany. El fanatismo que tenía era tal que conocía todo tipo de detalles
inéditos del cantautor santefecino. En
una de aquellas mañanas, mientras Pepo realizaba las últimas pruebas antes de
entregarme el auto, me contó esta anécdota del Gran Horacio Guarany, que hace
pocas horas nos dejó.
La década del 70 no había llegado a la mitad, y luego de presentarse
en un una peña en La Falda, Horacio Guarany acompañado de sus músicos se
dirigían en una Chevy rumbo a Cosquín, en donde se presentaría al día siguiente
en el legendario Festival que se celebraba desde 1961.
Al llegar a Molinari, un pueblo que en la actualidad cuenta
con alrededor de 6000 habitantes, un control policial los detiene.
Con su tono fraternal, Horacio le pide al policía que les
permita seguir ya que se encontraban cansados y al otro día tenían que cantar,
pero el policía, inalterable en su postura, le solicito los documentos a todos
los pasajeros que viajaban en el auto. Uno a uno fueron cumpliendo con la
solicitud hasta que Horacio cae en la cuestión que su credencial se encuentra
en el baúl del auto.
El Cantante insistió para que lo dejaran ir, avalado porque
el compañero del oficial que se encontraba inspeccionando la documentación lo
había reconocido, pero el oficial hizo caso omiso y persistió en la intención
de requerirle el documento de identidad.
Con Fastidio, Horacio se dirigió hacia la parte posterior
del auto, buscó en el equipaje hasta dar con el documento, se lo dio en la
propia mano al policía y subió nuevamente al auto para desparramarse en el
asiento del acompañante del conductor. El policía, linterna en mano
inspeccionaba el documento mientras en voz fuerte y clara deletreaba
-
HO RA CIO GUA RA NY
Al finalizar, en el habitáculo del automóvil todos los
pasajeros estallaron de risa ante la mirada de asombro del oficial que solo
atinó a informarles que podían continuar su viaje.
Horacio en realidad se llamaba Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo.

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